16 de julio de 2013

¿Qué hay debajo del colecho?


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Puede ser difícil entender los entresijos e hilos invisibles que mueven la información mediática relativa a la lactancia materna. El colecho, como actividad conexa, despierta opiniones encontradas en la sociedad moderna.

¿Que los niños duerman con sus padres? A más de alguno le podrá sonar perverso, o por lo menos anticuado. Y, es que la percepción de los fenómenos sociales cambia con la pérdida de los patrones culturales. Ésta, no suele venir sola, sino que de la mano de otras pérdidas aún mayores, casi siempre interdependientes unas de otras. Cuando las analizamos fuera de su contexto, no las entendemos. A nuestros bisabuelos, para no ir más lejos, no les hubiera ocurrido lo mismo.

Con la pérdida de la cultura de la lactancia materna en la primera mitad del siglo pasado, no sólo se perdió su prestigio, sino también el de las actitudes y prácticas que la habían validado durante milenios. Aquí, no deja de sorprendernos, que haya sido necesario invertir ingentes recursos, tiempo y esfuerzos en demostrar científicamente que la lactancia materna es única e insustituible y que el uso de fórmulas industriales sea dañino para la salud. No importó que la imposición del nuevo modelo de nutrición infantil, se hubiera saltado esa prueba científica, con resultados desastrosos para millones de niños en todo el mundo. Junto a él, se introdujeron nuevos paradigmas, como el de dormir solo en una cuna en posición boca abajo, para evitar el atragantamiento en niños que vomitaban más con las nuevas fórmulas. La pediatría oficial, aún incipiente, fue visionaria de su fructífero nexo con la industria de alimentos, se apuntó a los nuevos dictados sin mayores aspavientos.

Este mundo competitivo, fundamentado en logros personales, necesitó argumentos que sostuvieran la nueva línea de pensamiento, encaminada a separar desde muy temprana edad a los hijos de sus padres y arrinconar de esa manera, su inherente necesidad de apego y consuelo, sobre todo en las horas conflictivas de la noche. La evidencia actual indica, que esas necesidades, al verse satisfechas adecuadamente, contribuyen a formar un entramado neurológico con mediadores y receptores que capacitan al individuo a responder mejor al estrés y a situaciones conflictivas en el futuro. Dicho de otra manera, niños más felices serán adultos mejor dispuestos psicológicamente. Como todos sabemos, nada es gratis, no será que de aquellos polvos surgen estos lodos, la innegable espiral de problemas adaptativos durante la infancia de las últimas décadas, eso que la moderna fraseología ha puesto de moda bajo el nombre de Trastornos Generalizados del Desarrollo.

¡Ay!, niñas y niños felices, ¿dependerá para eso quizás de una habitación preciosa, con la cuna más cara? O más bien, de su habilidad para convencernos de que estemos a su lado, y les demos contacto-afecto y cercanía. La avidez de consuelo a esa edad, sobre todo los más pequeños, es infinita. A través de ella, su cerebro se robustece y adquiere la capacidad para desarrollar los mecanismos de confianza, tan importante en la vida futura en los procesos de la metacognición.

Todo lo dicho, cae dentro del contexto de la lactancia materna y el colecho. Con ser una verdad de Perogrullo, hay quien aún no lo ha entendido. La lactancia es cosa de dos y la proximidad la facilita y favorece. El desconocer esto, está en el meollo del asunto, punto de partida de quienes de entrada mantienen una actitud contraria y condenatoria sobre la práctica del colecho. Desde una visión retorcida, pero no descabellada, se podría pensar que hay sectores interesados en desacreditar el mundo de la lactancia materna, adjudicando términos como fanatismo, extremismo y otros descalificativos. Parecería que la avalancha de evidencia científica a su favor, no sea suficiente para los detractores. Con raras excepciones y aunque la mayoría de los profesionales médicos reclaman estar de acuerdo y apoyarla, la verdad es que a la más mínima, se le pone bajo sospecha y se recomienda el uso de fórmulas infantiles.

Un ejemplo es el artículo de Robert Carpenter y del que se hizo eco la masa mediática española. Este profesor de Salud Pública de Londres, nos viene a poco menos que a resucitar un muerto. Durante muchos años, los investigadores han intentado demostrar la relación causal entre colecho y muerte súbita del lactante. Sus intentos han sido fallidos, por la debilidad de la metodología científica utilizada, básicamente porque son datos tomados de la investigación forense, que no toman en cuenta ciertas circunstancias importantes alrededor esas muertes. Dicho investigador, utiliza los datos de estudios antiguos realizados entre 1987 y 2003, sin reparar en los errores de los artículos originales. Lo más evidente, es que deja por fuera el consumo de alcohol en 2 de cada 3 madres, no toma en cuenta la lactancia materna exclusiva, ni el consumo de sustancias tóxicas por los padres de los niños fallecidos. Conocida, es la costumbre de algunos padres de administrar al bebé un biberón para que “aguante” mejor la noche. Todas estas circunstancias, que demostraron ser cruciales en otros estudios, no las incluye en el suyo. Pero su mayor debilidad radica en un sesgo de publicación, al poner énfasis en cifras estadísticas de interés mediático, dejando de lado otras de mayor relevancia clínica y epidemiológica. Así por ejemplo, destaca un riesgo de muerte súbita 5 veces mayor para niños que hicieron colecho, con madres que amamantaron, no fumaron ni consumieron alcohol. No explica el significado de esta conclusión, más aún cuando a continuación, pero sin destacar, dice haber encontrado un riesgo 13 veces mayor de muerte súbita en niños que NO hicieron colecho pero que durmieron cerca de sus padres, fumadores éstos y que además consumían alcohol. Esta falta de consistencia de resultados, debería haber invalidado la publicación de su artículo por cualquier revista seria. Tampoco pasa desapercibido, el hecho que otras publicaciones que comentan el artículo en cuestión, no hacen un análisis crítico, si no que aceptan los resultados de Carpenter, aportando las cifras sin más, como se puede ver en el publicado recientemente por PrevInfad.

Volviendo la mirada atrás, es difícil explicar, desde la sensatez y la buena fe, la publicación de un artículo de esas características que en todo caso, como en tantos otros, hubiera quedado al alcance de un reducido círculo de expertos interesados; pero sin tomar las dimensiones de escándalo mediático, con el consiguiente daño a miles de padres y niños amamantados que practican colecho.

Los datos de muerte súbita del lactante en España son poco conocidos, aunque existe un Comité de la Asociación Española de Pediatría para tal fin. Sus publicaciones repiten los datos de otros países, sin brindar información sobre la realidad española. Si nos atenemos a los datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística, la tasa de muerte súbita en lactantes entre 1 y 12 meses tiende a disminuir con los años. Entre 1985 y 1995 fue de 0,3 a 0,4 por cada mil nacidos vivos. De la misma fuente, en 1999 fue de 0,17 por mil y en 2010 de 0,11 por mil. Las tasas de lactancia materna, sin embargo, han aumentado sensiblemente en España. En 1997 se cifraba en 15% a los 6 meses según datos publicados por Martín Calama, en el 2006 alcanzó la cifra de 30% según la Encuesta Nacional de Salud. Este aumento tuvo que repercutir, dando un aumento de la práctica de colecho, como queda demostrado en varios estudios y en una encuesta realizada en la Comunidad Valenciana. De ser cierta la relación directa, entre colecho de niños amamantados y muerte súbita, como pretende Carpenter, ya se hubieran disparado las alarmas de la mano de nuestros celosos expertos, por el aumento de los casos de muerte súbita. Pero esto no ha ocurrido y es poco posible que ocurra.

Por desgracia, los casos de muerte súbita del lactante han existido siempre y hasta que no se establezca su origen, continuarán dándose. Mientras tanto, nos toca escuchar la evidencia que nos dice que la lactancia materna debe ser el patrón estándar de alimentación infantil e informar sobre los factores de riesgo que hay que evitar durante la práctica de colecho, y sobre todo, la importancia de atender las necesidades de afecto, apego-contacto que los niños reclaman durante el sueño nocturno, por parte de padres y/o cuidadores.

Esperemos a ver cuál será el próximo episodio en descrédito de la lactancia materna y sus fenómenos conexos. Da para pensar, la existencia de una estrategia de asalto en oleadas, ayer los contaminantes, hoy el colecho, que si se ve con ojos de investigador forense, nos debería llevar hasta quienes se benefician de la retirada de la lactancia materna en favor de las leches industriales. Posiblemente, un tejido con una trama más que compleja.

Leonardo Landa Rivera
Pediatra, vicepresidente de APILAM

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4 comentarios:

  1. Muchas gracias por este buen artículo y por vuestra labor en general.
    Debajo de la "aversión" al colecho e incluso a la lactancia materna, yo creo que también hay una apropiación masculina sobre el cuerpo de las mujeres, interiorizada también desde luego por las propias mujeres (como toda dominación).
    El cuerpo de la mujer, sus pechos y también su presencia nocturna, se supone para disfrute sexual de la pareja y así se ve en toda la publicidad de nuestras sociedades.
    Es un asunto espinoso y difícil de demostrar tal vez, pero declaraciones de algún médico como estas: http://www.padresycolegios.com/noticia/3085/opinion/cama-papas.html
    lo dicen claramente.
    Por otro lado, creo que también hay miedo al abuso sexual por parte de padres y hasta de madres... algo desgraciadamente bastante frecuente en el pasado y que está en la historia emocional, consciente o inconsciente de mucha gente y de muchas familias. Es posible que el historial propio de abusos sexuales sufridos, genere inconscientemente un rechazo en muchos pediatras y otros profesionales hacia el colecho.
    Son tabúes fuertes, pero creo que precisamente por ello pueden tener mucha más importancia de la que estamos dispuestos a reconocer.
    Un saludo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Hola Eliana,
    Acabamos de corregir el falso enlace que habíamos obtenido. Hemos dirigido tu imagen a tu página Flickr. Si prefieres otro enlace o que quitemos la imagen dínoslo.
    Un saludo cordial con nuestras disculpas.

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