6 de julio de 2015

Lactancia materna, historia de una huida. De lo mamífero a lo racional

Premio Ayuntamiento de Pego del XVIII Concurso Fotográfico de Lactancia Materna Marina Alta organizado por el Grup Nodrissa. Rosa Bonet Asensio. Alicante

Ponencia del Dr. José María Paricio Talayero, pediatra y presidente de APILAM, en el XII Congreso FEDALMA 2015
I. Introducción
La lactancia nos define como clase dentro del reino animal. Somos los mamíferos, los portadores de mamas, una de nuestras características específicas principales, aunque no la única. Además tenemos pelo, cuatro cámaras cardíacas, sangre caliente, un solo hueso en el maxilar inferior provisto de dientes y tres huesecillos en el oído medio.
El nombre no nos lo puso el Dios de la Biblia ni Aristóteles. Es un término reciente ideado por Linneo en 1758 y la elección del mismo entre nuestras otras propiedades no es casual ni sorprendente en pleno siglo XVIII, en el que hay un interés moral y político por la lactancia como medio de subrayar el papel de la mujer en la familia y la sociedad, su rol maternal y su capacidad de amamantar.
Somos (quedamos) unas 5.400 especies diferentes de mamíferos en la Tierra, todas ellas preparadas para el amamantamiento, viviendo en cualquier medio (tierra, mar y aire) y alcanzando los más diversos hábitats del planeta.
Conocemos la duración de la lactancia apenas en 753 especies y la edad de introducción de alimentos distintos de la leche materna en 419 especies.
La duración media de la lactancia entre nosotros, los mamíferos, varía de 5 días en algunas focas, algún pequeño roedor y alguna musaraña, a más de 900 días en grandes simios (chimpancés y orangutanes).
En general, salvo escasas excepciones, el tiempo de lactancia guarda una relación directa con la masa corporal de los individuos de la especie. Tiempos de lactancia superiores a 500 días son comunes en especies con grandes cuerpos y con una solo cría por gestación, como canguros, grandes simios, morsas, ballenas, sirenios, elefantes y rinocerontes. Algunas focas y las ballenas barbadas o misticetos, rompen esta regla, amamantando mucho menos tiempo que lo que sería de esperar a tenor de su masa corporal.
El tiempo de lactancia ocupa en casi todos los mamíferos entre el 40 y el 60% del total de tiempo de inversión materna en la cría, tiempo de flujo de masa y energía de una a otra y que se extiende desde la concepción hasta el destete (embarazo + lactancia), de tal manera que los tiempos de embarazo son similares a los de lactancia en la mayoría de mamíferos. La excepción está en los marsupiales, cuyo tiempo de lactancia es el 90% del total del tiempo invertido por la madre en la cría.
Sabemos también que el crecimiento del cerebro está en relación directa con la duración total de los periodos de gestación y lactancia. Las especies con cerebros más grandes respecto a su masa corporal tienen mayor tiempo de inversión materna en las crías (embarazos y lactancias más prolongados), que maduran más tarde y tienen mayor esperanza de vida. La duración de la gestación influye en el tamaño del cerebro al nacimiento y el tiempo de lactancia determina su crecimiento postnatal.
La glándula mamaria provee en todas las especies factores de protección y nutrición a las crías. Mientras los factores de protección son comunes a los del sistema inmune de cada especie, varios de los factores nutricios son específicamente producidos en la misma glándula mamaria.
La lactancia protege de enfermedades, alimenta y contribuye a asegurar desde los orígenes la supervivencia de las crías de cada especie. Posiblemente es el fenómeno de la lactancia el que explica la enorme diversidad de hábitats que ha sido capaz de ocupar nuestro reino en la tierra, ya que la leche materna asegura la alimentación de las crías en los hábitats más adversos hasta que son capaces de alimentarse de otros productos de la naturaleza.
II. La huída del comportamiento mamífero. El poder de lo ¿racional?
Desde la aparición de los mamíferos en el cretácico, hace unos 150 millones de años, todas sus crías han mamado la leche de sus madres.
Un complejo sistema neuroendocrino prepara a las hembras de mamífero para la maternidad durante la gestación y causa inicialmente, tras el parto, la conducta materna. A partir de ahí son las crías las que se encargan de mantener dicha conducta estimulando a la madre. Si el contacto se interrumpe, la conducta materna desaparece.
En condiciones normales, entre mamíferos no humanos, no son muy frecuentes los rechazos maternos de la cría ni los casos en los que una hembra amamanta a la de otra madre y se observa esporádicamente amamantamiento de crías de una especie diferente. El Homo Sapiens Sapiens, aparecido hace unos 200.000 años, es capaz de lleva a cabo las tres situaciones descritas e incluso normalizar las dos últimas.
Para poder hacer consuetudinarias estas conductas ajenas al resto de mamíferos, tuvimos que aprender mucho durante miles de años hasta poder abandonar el nomadismo y adoptar el sedentarismo como estilo principal de vida. Hace unos 10.000 años, el acumulo de alimentos y riqueza posible en las sociedades que dominan la agricultura y la ganadería, la seguridad que ofrecen las viviendas y asentamientos estables y la jerarquización de grupos sociales cada vez más grandes que caracterizan el Neolítico posibilitan el inicio de una experiencia nunca antes vista: la crianza de alejamiento, de separación, de destrucción de la díada madre-bebé.
La crianza de proximidad propia necesariamente (de otro modo la supervivencia no estaba asegurada) de los grupos nómadas depredadores paleolíticos comienza a desaparecer y desde entonces hasta hoy se ha reforzado por medio de múltiples mecanismos de índole cultural que, aunque disfrazados de argumentos filosóficos, morales, teológicos, supersticiosos o incluso proteccionistas y hasta científicos, no pueden esconder una terrible realidad: el odio cultural de genero, el poder del hombre sobre la mujer, la misoginia en toda su extensión, el desprecio infinito a la mujer, a su mente, si es que se la considera, y a su cuerpo.
La creencia en la inferioridad de la mujer respecto al hombre está justificada en los textos de las tres religiones del libro y, defendida por Aristóteles, alcanza el siglo XX y persiste culturalmente hasta hoy. No es un rasgo exclusivo de la cultura occidental: corrientes religiosas y de pensamiento orientales no difieren en esta consideración, asociando todo lo relativo a la mujer con fuerzas negativas, frías y obscuras en oposición a la positividad, calor, y claridad del hombre y lo de él emanado.
Todas las prácticas que pasamos a describir y que constituyen el reforzamiento progresivo o la adaptación a cada realidad histórica de la crianza de alejamiento tienen su justificación última en la misoginia.
Antes de describirlas una a una es preciso explicar una serie de ideas capitales sobre la anatomía y sobre la sangre y la leche que se remontan al origen de los tiempos y han alcanzado nuestros días, siendo aún creídas hoy en numerosas culturas:
·         La sangre menstrual es materia impura.
·     El recién nacido es producto de la sangre menstrual a la que el semen del hombre infunde espíritu y da vida. Durante 9 meses forma al nuevo ser dentro de la madre.
·    La leche materna es una modificación de la sangre menstrual. Durante 2 a 3 años (periodos usuales de lactancia) sigue formando al nuevo ser, ya fuera de la madre. Esta idea es recogida por Aristóteles (s. IV a.C.), fijada por Sorano (s. II d.C.) y trasmitida por Galeno (s. II d.C.) y Avicena (s. XI) hasta la edad moderna.
·       Hay una conexión venosa entre el útero y la mama. Esta creencia, muy bien recogida en el siglo XIII posiblemente a partir de textos de la antigüedad por dos monjes, el franciscano Bartolomé de Inglaterra y el dominico Alberto Magno, es tan creída que el mismo Leonardo de Vinci dibuja la gruesa vena que va desde el útero al pezón en una de sus láminas anatómicas en la que dibuja un coito. Es de remarcar el doble conducto que acaba en el glande: uno proviene de los testículos (el aporte de materia) y el otro de la médula espinal (para infundir el alma). Pese a que Vesalio (s. XVI) en sus disecciones no encuentra ese vaso entre el útero y los pechos, el concepto persiste hasta bien entrado el siglo XIX). La consecuencia inmediata de este fenómeno anatómico es la prohibición de las relaciones sexuales mientras se es madre lactante para evitar la mezcla de ambos fluidos, semen y leche. Propuesta ya por Galeno y trasmitida por Avicena, alcanza de nuevo los principios del siglo XX. Es responsable de convertir al hijo lactante en rival del padre.
III. Prácticas de alejamiento en la crianza
1.    Tabú del calostro:
Hasta que la leche no fluye blanca, está contaminada por la sangre menstrual. La mujer debe desecharla durante unos días (o semanas) en los que al recién nacido se le ofrecen mezclas de diversas sustancias: agua, leche de animal, grasa, manteca, miel o, en le mejor de los casos leche de otra mujer. Ha sido una práctica ancestral y generalizada en prácticamente todas las sociedades de la antigüedad, alcanzando el siglo XIX en general y persistiendo hoy día en India, Pakistán, zonas de Turquía, varios países de África y muchas comunidades indígenas asiáticas y americanas. Debido a la mortalidad que origina es un motivo de preocupación para la OMS. La práctica común hasta hace poco de ofrecer inicialmente durante horas suero glucosado a los recién nacidos se puede considerar una deriva pseudocientífica del tabú del calostro.
2.    Lactancia mercenaria.
Grupos importantes de madres, que por su estatus social se lo pueden permitir, dejan, no ya de amamantar, sino también de criar, confiando la crianza y primera alimentación de sus hijos a otras madres, las llamadas nodrizas o amas de cría, que pueden ser esclavas o no, pero sí de estatus social inferior a las primeras, que les retribuyen por ello.
Esta práctica, posiblemente de inicio en el Neolítico, viene reflejada por vez primera en la historia hace ahora unos 4.000 años, en el Código babilónico de Hammurabi en la ley 194 de un total de 282:
“Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió porque la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos”.
La lactancia mercenaria se presenta en todas las civilizaciones casi sin excepción y en todos los tiempos hasta alcanzar la actualidad donde aún persiste en determinadas sociedades. Ha afectado progresivamente a la mayoría de capas sociales, desde la realeza y nobleza, pasando por la burguesía y clases medias hasta llegar a las madres asalariadas del XIX que, con unas condiciones infernales de trabajo y miseria, se ven obligadas a dejar a sus hijos en manos de mujeres aún más pobres que ellas. Ha constituido también desde el punto de vista de las nodrizas una solución laboral que ha salvado muchos pobres patrimonios en zonas deprimidas económicamente. Ha sido legislada y exhaustivamente regulada desde el tiempo babilónico hasta finales del XIX en Occidente en que es desplazada por la alimentación con fórmulas modificadas de leche de vaca.
La legislación sobre las nodrizas alcanzó su máximo desarrollo en la sociedad francesa de los siglos XVIII y XIX. Pese a ello no se pudieron evitar abusos que se traducían por una mortalidad infantil dos a tres veces superior que la que presentaban los lactantes criados por sus madres.
Sorano, en su tratado de enfermedades de la mujer, dedica un largo capítulo para describir las condiciones que tiene que tener una buena nodriza. Estas condiciones son trasuntadas casi sin cambios en la mayoría de textos médicos de los siguientes 18 siglos e incluso en anuncios solicitando nodriza en periódicos de los siglos XIX y XX.
El éxito de la lactancia mercenaria tiene que ver con numerosos factores. La jerarquización y el acumulo de riqueza y desigualdad subsiguiente que ocurren desde el Neolítico, el control y deseo de descendencia (a más lactancia menos frecuencia de fecundación) y de la sexualidad femenina (prohibición de relaciones sexuales mientras dure la lactancia, que además duraba dos a tres años), la comodidad, el deseo del hombre de privilegiar sus genes sobre los de la madre biológica que, suspendiendo la lactancia deja de contribuir a la formación del hijo, la ambigüedad-envidia del padre respecto al seno materno que explicaría además el mito de hombres o santos que amamantan, el deseo materno de no implicarse afectivamente ante la terrible mortalidad infantil de muchas épocas, la idea en algunas sociedades (s. XVIII) de que la lactancia es un fenómeno muy animal para las damas de alta alcurnia, de que la lactancia afea los pechos, etc. En cualquier caso es significativo saber que los numerosos contratos de nodrizas que se conservan aparecen firmados por hombres: los maridos de la madre y la nodriza.
3.    Alimentación con fórmulas modificadas de leche de vaca
En el siglo XVIII se inician experimentos en hospicios sobrecargados de lactantes abandonados tendentes a disminuir los enormes costes derivados de contratar las nodrizas que los amamantan, buscando fórmulas alimenticias que puedan  sustituirlas. Estas prácticas se saldaron con terribles fracasos originando una gran mortandad, cercana muchas veces al 100%, en cualquier caso dos o tres veces superior a la conseguida con la alimentación por nodrizas.
Son precisos varios descubrimientos y avances científicos para conseguir un producto que no mate directamente o a corto plazo a los lactantes pequeños.
El médico francés Jean Charles Des-Essartz en su Tratado de la alimentación de los niños de 1760, expone la diferente composición de la leche de mujer y de diversos animales (vaca, oveja, cabra, yegua y asna)
En 1822 el francés Nicolas Appert logra evaporar el agua de la leche y en 1835 el inglés William Newton patenta la leche evaporada azucarada.
Desde 1865 hay nuevos avances para la conservación de productos alimenticios como la pasteurización. Se abren numerosos establecimientos provenientes de Francia llamados “Gotas de Leche” en los que se distribuye leche de vaca en condiciones higiénicas y seguras para niños de clase humilde; tras este pretendido buen hacer hay un olvido y desprecio total de la cultura de la lactancia materna.
En 1865, el químico Justus von Liebig desarrolla, patenta y comercializa un producto primero en forma líquida y luego en polvo, mezcla de leche de vaca, harina de trigo y malta y bicarbonato potásico. Se denominó fórmula Liebig y constituye la primera formula láctea para alimentación infantil. Dos años después el suizo Henri Nestlé, toma la idea para fabricar su harina lacteada.
Apenas 20 años más tarde, ya había en el mundo 27 fórmulas para alimentación infantil patentadas. Esta industria, de la alimentación en general y de la infantil en particular, es hoy una de las más poderosas y boyantes del planeta y ha contribuido en gran manera a través de una desmedida promoción publicitaria a la destrucción de la cultura de la lactancia materna a lo largo del siglo XX en prácticamente todas las sociedades humanas, generando una elevada morbilidad y mortalidad.
En el momento actual estamos en manos de una poderosa industria que nos dicta cómo alimentarnos, nos convence de lo que es sano y lo que no, y por medio de sutiles campañas de concienciación y compra de voluntades políticas y científicas, se erigen en defensores de la Salud y, sin saberlo, comemos lo que a los propietarios de esa industria les interesa.
No obstante, no hay excusa: a nadie se le escapa que las formulas infantiles no son la causa de la perdida de la lactancia sino su consecuencia, algo buscado por los humanos desde hacía milenios. Somos la única especie dentro de los mamíferos que, de forma sistemática y voluntaria hemos cambiado la forma de alimentar a nuestras crías, con una forma de hacer en su consecución en la que nada se evaluó y mucho se desvirtuó y unas duras consecuencias que aún se trata de minimizar desde múltiples sectores interesados.
4.    Desprestigio y acoso científico a la lactancia materna
A lo largo de la historia se construye un discurso que emana de la ciencia y la medicina muy hostil a la lactancia. Pretendiendo normalizarla bajo la excusa de mejorarla y re-explicarla a las mujeres, llega a socavar una práctica ancestral de la que en realidad poco sabe. Este discurso está construido casi exclusivamente por hombres y logra despojar a la mujer de cualquier autoridad en un terreno propio, el de la lactancia.
Desde antiguo, pasando por Avicena y hasta pleno siglo XX asistimos a una tecnificación de la lactancia. Hay una obsesión en el discurso científico por regular los horarios y cantidades administradas y restringir tanto el número de tomas diarias como su duración por toma y el tiempo total de lactancia.
Tan tarde como el siglo XIX hay todavía una creencia médica de que la leche materna puede provocar diarrea y convulsiones.
La idea de que la lactancia afea el cuerpo de la mujer y puede empeorar su salud descrita inicialmente por Sorano llega directamente a través de los siglos hasta 1957 en que el Dr. Benjamin Spock, gran divulgador y renovador de la Puericultura del siglo XX, la reproduce. A esto se añade la híper sexualización del pecho femenino a lo largo del siglo XX.
Existe un discurso médico respecto a la lactancia materna muy ambiguo en el siglo XIX: Muchos iniciales y eminentes pediatras como el profesor Budin reconocen en sus escritos que mientras la mortalidad infantil en lactantes amamantados es del 5%, es casi 10 veces mayor (46%: ¡prácticamente un bebé de cada dos no llegaba a su primer año de vida!) en los alimentados con fórmulas artificiales. Pese a ello, tras convenir que la lactancia natural es lo mejor, dedican un largo capítulo a explicar y defender estas fórmulas artificiales para los numerosos casos en los que estiman que la mujer no podrá amamantar por múltiples y variopintos motivos: no tener suficiente o no ser de buena calidad su leche, estar o ser muy débil, padecer diversas enfermedades o afecciones o tener muchas obligaciones sociales, entre otros.
Las experiencias de alimentación con lactantes realizadas en hospicios con niños abandonados y en las “Gotas de Leche” descritas en el punto anterior, no limitadas exclusivamente a la alimentación, constituyen los fundamentos de la Puericultura. Esta ciencia, la del cuidado de los niños, nace pues, fuera de la familia, en el seno de instituciones estatales y de ciudad, muy alejadas y ajenas a la maternidad y la lactancia.
5.    Modernos ataques a la díada madre-bebé
La Industrialización iniciada a finales del siglo XVIII y extendida de forma imparable hasta la actualidad implica la destrucción de la economía neolticos y ﷽﷽tuyen en el imaginario de muchsio dirigentes polpora la mujer, que nio son aptas pea el 50arentemnte con el fin de mejítica basada en la agricultura y el pastoreo. Supone la creación de unas condiciones de trabajo asalariado de ritmo frenético y muchas veces extenuante a las que se incorpora la mujer y que no están adaptadas en absoluto a la crianza y mucho menos de proximidad. El modelo de trabajo asalariado y competitivo es el hegemónico y es difícilmente discutible.
Las guarderías son la respuesta estándar y casi única que se ofrece a la ciudadanía para subvenir a las dificultades para la crianza emanadas del punto anterior. Se convierten para los políticos en el paradigma de la conciliación. Se crea todo un argumentario avalado por distintas corrientes de la Psicología y la Pedagogía tendentes a demostrar sus beneficios para el desarrollo de la Infancia y hasta su superioridad sobre el cuidado tradicional en el seno de la familia.
Parte del pensamiento feminista moderno entiende como una liberación el desprenderse de la tarea ancestral de la crianza. Coexiste con otro que reivindica el derecho a criar y amamantar en condiciones favorables.
Las Maternidades (salas de maternidad hospitalarias) del siglo XX son atendidas por personal sanitario entrenado en la Puericultura del siglo XIX, que como hemos visto es una puericultura de colectividad, antinatural, higienista y desconocedora de la lactancia y del apego. Los profesionales del siglo XIX y XX, expertos en la técnica de la alimentación con fórmulas lácteas, realizan un mero y erróneo trasunto de esas técnicas para describir, normalizar y enseñar la lactancia materna. Numerosas mujeres que dan a luz en los centros hospitalarios y que intentan amamantar son abocadas a un fracaso precoz de su deseo debido a unas instrucciones que, en realidad, impiden o dificultan la lactancia materna.
Finalmente, de poco ayuda la concepción del lactante como un ser inadaptado, incompetente, no enteramente o nada persona aún, apenas un tubo digestivo al que hay que alimentar, limpiar y… calmar (pretendida etiología digestiva del llamado cólico del lactante)., Pero aunque no inteligente, curiosamente es capaz de manipular y es rebelde, por lo que hay que educarlo, domesticarlo, intentar que no moleste, que aprenda a ser persona.
A ello se suma el creciente valor atribuido a la competitividad individual en los dos últimos siglos: hay que conseguir que sean independientes, que se valgan por sí mismos y cuanto antes mejor. Este modelo sería incompatible con la supervivencia de los bebés en las sociedades nómadas de cazadores-recolectores del Paleolítico.


IV. Recuperar nuestra esencia de mamíferos. Pertinencia y proceso
1.    Pertinencia
Podemos legítimamente preguntarnos si vale la pena, si estamos dispuestos a cambiar algo y por qué.
Lo que no ha cambiado desde antes incluso que fuésemos especie es ese instinto del bebé de ser querido, de ser cogido, de sentirse rodeado y protegido por los brazos de su madre o de otro ser que lo pueda proteger, de ser amamantado y de mamar. Las necesidades afectivas de un bebé Sapiens Neandertal o de un Sapiens Sapiens de hace 30.000 o más años son las mismas que las de cualquier bebé actual.
Sabemos por la moderna teoría del apego elaborada hace menos de 40 años por John Bowlby que el bebé efectivamente es portador de ese instinto de ser querido que asegura nuestra supervivencia y desencadena toda la cadena de cuidados de crianza por parte de los adultos y en especial por la propia madre, que asegura además la alimentación, normalmente de forma natural como amamantamiento.
También sabemos y reconocemos que ya de recién nacidos somos personas de pleno derecho y que somos competentes como nunca después lo seremos.
El modo de vida que hemos construido en esta huida descrita de lo mamífero no parece adecuado para mostrarlo como ejemplo; es el que hay, tiene sus ventajas e inconvenientes pero es claramente poco compatible con la crianza. Una de las consecuencias que se derivan de ello es la baja tasa de natalidad que conlleva y que ocasiona problemas de regeneración en algunas sociedades. Es un modelo excesivamente “adulto-centrista” y dificultoso para la integración de la Infancia en la familia y la sociedad. Aún siendo cierto que hoy los niños están más protegidos que nunca lo estuvieron en toda la historia de la Humanidad, aún con la excepción de países en los que no se respetan sus derechos y lugares en situaciones de conflictos armados, el modo de vida de las sociedades industrializadas los excluye y separa del mundo de los adultos, dificulta la crianza de proximidad dentro de la familia y en especial es incompatible con la práctica de la lactancia materna, una práctica de la que hoy disponemos de pruebas abrumadoras para asegurar que es el modo perfecto de alimentación, afinado durante milenios de selección evolutiva, y el más seguro para las crías de humano. Posiblemente nunca se hubiese abandonado si las fórmulas artificiales se hubiesen inventado sólo un siglo más tarde, pues normas básicas de bioética y de ensayos clínicos con humanos implantadas en el último cuarto del sigo XX habrían impedido su difusión generalizada como alimento alternativo para lactantes.
Está claro que en esta huida de lo mamífero descrita en los anteriores puntos hemos cometido muchos errores. Somos seres racionales pero a la vista de lo sucedido parece que hemos empleado la razón de forma muy limitada y errónea a lo largo de milenios para construir las bases de nuestra cultura. Si hoy nadie puede argumentar inferioridad de la mujer respecto al hombre, si es la mujer la preparada naturalmente para realizar ese proceso de inversión de energía en otro ser creando una nueva vida por medio de un proceso de gestación y manteniéndola posteriormente durante un tiempo por medio de la lactancia y si es libre para realizarlo o no, ¿Dónde está la superioridad del hombre respecto a la mujer? ¿Qué es positivo y qué negativo? ¿Qué insana y falsa cultura hemos creado y que aún nos impregna? ¿De veras hemos empleado la razón para construirla o nos hemos dejado llevar por ejercicios inusitados de poder que han precisado mucha violencia y engaños para ser aceptados colectivamente? ¿Qué valores hemos cultivado aparte del desmedido desenfreno en acumular riqueza a costa de lo que y de quien sea?
Vale que los osos no se ocupan de los oseznos para nada, vale que quizás no siempre tratan bien a las osas, pero lo que no hacen (porque no pueden) es darles lecciones de cómo educarlos ni buscarse excusas morales, religiosas o científicas para justificarse. Los humanos, con nuestra racional sinrazón es lo que justamente hemos hecho.
2.    Proceso
Un sistema cultural concebido con tanta irracionalidad y que ocasiona tantos perjuicios hay que reconducirlo. Pero ¿cómo hacerlo?
2.1. Caminos de dudosa eficacia
Algunos piensan amparándose en teorías ecologistas que en el retorno a la Naturaleza está el camino. La Naturaleza es fascinante y peligrosa en sí misma. Llevamos milenios huyendo, protegiéndonos de la Naturaleza. Hemos construido refugios, casas para protegernos de animales peligrosos, de los mismos fenómenos naturales, rayos, tormentas, crecidas de ríos. Nos hemos vestido para defendernos del frío, sabemos asistir de forma competente a las mujeres cuando paren y a nuestras crías cuando nacen para disminuir el riesgo de que algo les suceda. Hemos vencido infecciones muy peligrosas para nosotros por medio de sistemas seguros de inmunización.
Las tasas de mortalidad infantil y las de cualquier edad y situación (mortalidad materna durante el parto, p.ej.) han descendido a cifras ínfimas y la esperanza de vida ha alcanzado cifras impensables hace apenas 100 años. La mortalidad infantil, de 300 de cada 1.000 nacidos en la época romana y el Renacimiento (uno de cada 3 nacidos no llegaba a su primer cumpleaños) ha disminuido en países como el nuestro a 5 o menos de cada 1.000 nacidos).
Hemos de aprender a respetar la Naturaleza, pero volver a ella puede que sea nuestra peor opción. Baste saber que la mortalidad “infantil” del rey de la selva en la Naturaleza es superior a la que tenían los Neandertales: 500, es decir uno de cada dos cachorros de león no alcanza el primer año de vida. Debemos seguir protegiéndonos de la Naturaleza.
Muchos hablan de confiar en el instinto materno para poner remedio no sólo a la cultura de separación en la crianza sino también para resolver todos los problemas de crianza y las dificultades que pueda haber durante la lactancia.
La conducta y deseos maternos de las primeras semanas siguientes al parto al menos, dependen de un sistema neuroendocrino muy preciso, no tratándose estas conductas propiamente de un instinto. No hay un instinto materno como tal, pues los instintos, grabados en los genes de un ser vivo determinan conductas predecibles, reproductibles e idénticas en cualquier tiempo, lugar y situación. La crianza por parte de las madres en diversas épocas y distintas culturas no es ni ha sido la misma. La conducta materna ha sido modulada por la cultura de cada sociedad y por las necesidades y circunstancias particulares de cada situación y época. La cultura modifica el comportamiento materno. La lactancia en concreto es un fenómeno biocultural, mezcla de biología (instinto del bebé y proceso neuroendocrino de la madre) y cultura.
Aún dentro de la misma cultura los comportamientos maternales pueden variar, pues dependen además de otros muchos factores: características del embarazo y del bebé (edad de gestación, salud, carácter, lugar entre los hermanos, etc.), de la disponibilidad física y psíquica de la madre, de su entorno familiar inmediato y de amistades, relaciones y grupos sociales a los que pertenece, de su situación laboral, de sus valores y creencias, de su situación económica, de la asistencia médico sanitaria y del clima social y político en el que vive, entre otros.
De poco sirven concepciones simplistas del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, “volver a la Naturaleza” o “confiar en el instinto materno” para cambiar a mejor nuestra realidad. Pensar que hubo un paraíso perdido en el que todo era bueno, creer que existieron en el pasado sociedades matriarcales en las que las mujeres dominaban o co-dominaban y todas criaban y amamantaban sin problemas y eran respetadas es una fantasía que a nadie se le puede negar, pero no hay ninguna prueba fehaciente de que esto sea cierto; desde que hay Historia, es decir desde que escribimos, no hay referencias a ello y nada en la Arqueología ni la Antropología lo sostiene para los tiempos prehistóricos.
Otros esgrimen las razones morales y filosóficas, de “deber” de los antiguos y que alcanzaron su cima en el siglo XVIII con Rousseau. La lactancia es el cemento que une toda la sociedad, es motivo de felicidad individual, familiar y constituye la harmonía social y el interés del estado. Para Rousseau, si las madres amamantasen, las costumbres mejorarían, la moralidad volvería a ocupar un lugar preeminente en la sociedad y el estado se regeneraría. No amamantar altera todo el orden moral pues el hijo no esta en el hogar y no es educado por el padre y la madre. En resumen, la manida sentencia de moralistas y médicos del XIX y XX: “Toda madre tiene el deber de amamantar a sus hijos”.
Si bien es cierto que hoy día no es preciso que los hijos salgan del hogar si no se les amamanta, pues las nodrizas de tiempos de Rousseau han sido sustituidas por biberones, su argumentario puede mantenerse para oponerse a la crianza en guardería desde las primeras semanas de vida impuesta a muchas familias en nuestras sociedades.
Pero está claro que no hay ninguna razón moral válida para que toda madre amamante, ni siquiera para que toda mujer tenga hijos, ni que ese sea su fin en la vida. Y también esta clara la tremenda hipocresía tanto de Rousseau que abandonó a todos sus hijos en orfanatos en contra de la opinión de su esposa mientras escribía maravillas sobre la lactancia, la crianza y la educación, como de los médicos que desde principios del siglo XX culpabilizan a las madres exhortándolas a amamantar, al tiempo que se lo impiden con sus erróneos consejos y les venden las fórmulas lácteas que ellos mismos patrocinan.
Argumentar sin más hoy día que las madres tienen el deber de amamantar a sus hijos, de criarlos casi en exclusiva, amenazándolas como Rousseau con males sin cuento tanto para sus hijos ahora y en el futuro, como para el orden social, es hacerlas entrar en conflicto con la realidad social y cultural en la que vivimos, es culpabilizarlas o condenarlas a renunciar o ver muy mermadas sus aspiraciones sea profesionales o cualquier otra más allá de las estrictamente maternas.
Finalmente, hay que huir también del simplismo contrario, pensar que todo lo antiguo era malo y que lo bueno es lo moderno y basta perfeccionarlo. Llevamos milenios de cultura de crianza de separación basada en argumentos irracionales. Creer que ahora, con los últimos avances científicos y filosóficos podemos mejorar la crianza de nuestros hijos es arriesgado. Ni las fórmulas artificiales que sustituyen a la lactancia materna van a conseguir en breve plazo mejoras técnicas sustanciales que obvien su imperfección y efectos nocivos para la salud, ni pueden sustituir con éxito pleno el calor del seno materno, ni la moderna pedagogía va a conseguir un sistema de guarderías que sea siempre de igual o superior calidad al cuidado directo dentro de una familia competente y disponible.
2.2. Rutas a explorar
Hay que huir de los errores del pasado, pero ser conscientes de que esos errores no empiezan en el siglo XIX, sino que se remontan al origen de tiempos inmemoriales. Los siglos XIX y XX pusieron la tecnología y la ciencia al servicio de ideas culturales misóginas que es preciso que combatamos desde todas las ópticas posibles: individual, social, moral, religiosa y política. La destrucción de la cultura de crianza de proximidad y de la lactancia natural son sólo una parte y mera consecuencia de esa cultura competitiva de dominación y misoginia.
No son la razón ni la tecnología ni los avances científicos los que nos alejan de nuestra condición de mamífero. Han sido más bien la irracionalidad de los argumentos empleados y la conformidad con la desproporción de los resultados buscados y obtenidos.
No podemos renegar de nuestra condición de seres racionales, pero hemos de emplear adecuadamente la razón y salvar todo lo que a través de ella, ciencia y tecnología, nos ha beneficiado como personas y ha mejorado nuestra supervivencia. Sabemos de los enormes e indiscutibles beneficios logrados sobre la supervivencia de la díada madre-hijo por medio de una atención sanitaria específicamente dirigida a ello. Es exigible mejorar el confort, ser menos intrusivos e introducir elementos de máximo respeto a madre y recién nacido tanto durante el nacimiento como durante la lactancia y atención posterior.
Es preciso continuar con políticas proteccionistas, normativas, promocionales y divulgadoras de la lactancia natural iniciadas en los últimos 40 años por instituciones de todo tipo, como OMS, ministerios de gobierno y asociaciones profesionales sanitarias. Dado que muchos obstáculos a la lactancia provienen de la falta de formación específica del cuerpo sanitario, en especial de los médicos, es exigible la inclusión de la misma en el pregrado y de modo permanente y revisable en el posgrado.
Mas allá de razones ancestrales basadas en la moral y el deber, más allá de los motivos científicos de beneficios y riesgos descubiertos en el último siglo, más allá del placer mamífero que madre y bebé experimentan con el amamantamiento y que ya fue descrito por Ambroise Paré en el siglo XVI, debe primar el derecho, el reconocimiento a una relación personal intima entre dos seres humanos, dos personas, el proceso de vinculación entre madre e hijo.
No son aceptables los modelos simplistas de puericultura del bebe incompetente, impredecible y frágil. Ni los bebés son seres absurdos y rebeldes a los que hay que domar y dominar a toda costa, ni son entes ultrasensibles y delicados que no pueden esperar ni unos pocos segundos a que alguien, de preferencia su madre, los acaricie sin que se frustren y traumaticen posiblemente de por vida como pretenden unos y otros en cada caso según tendencias.
Los bebes son personas muy competentes y observadoras capaces de sobrevivir y sobreponerse a lo que podríamos llamar fallos menores y ocasionales de disponibilidad y entender que su mamá ha podido estar ocupada esos segundos que ha tardado en cogerlo esta vez. Basta con reconocer y tratar con respeto, cariño y disponibilidad al recién nacido, lactante y niño en general como persona con sentimientos, igual a nosotros y más defendible por su mayor fragilidad.
Posiblemente sea necesario buscar la tribu a la que una vez pertenecimos, pero desde luego no podemos encontrar la que algunos defienden, la pre-neolítica que tan ajena es a nuestra cultura y en la que apenas podríamos sobrevivir unas horas, sino los valores de una tribu adaptada a nuestra realidad cultural, valores solidarios y respetuosos con nosotros mismos, con nuestras crías y nuestro entorno.
Los apoyos tribales que ahora necesitamos están aquí y ya no son siquiera los de la tribu neolítica preindustrial basados en la familia extensa. Hoy día los encontraremos en grupos solidarios, grupos de apoyo a la lactancia y la crianza debidamente informados, en organizaciones sin ánimo de lucro que velen por los más desfavorecidos, los niños entre otros, en profesionales, tanto a título individual como en asociaciones, preparados científicamente, informados y sin prejuicios irracionales y en personas respetuosas con sus semejantes y sensibles a los procesos de especial vulnerabilidad.
Precisamos elegir a nuestros dirigentes políticos con mejor tino que hasta ahora. Si hacen lo que hacen es porque les dejamos. Hemos de preguntarles no sólo dónde están las mujeres de sus partidos, pues la paridad de género no asegura nada, sino qué es lo que tienen previsto disponer para sus votantes en cuanto a igualdad de género, cual es su modelo de conciliación, su política de horarios de trabajo, el porcentaje del PIB que piensan que hay que dedicar a ayudas sociales a la familia y si además de en guarderías han pensado en otros modelos laborales que permitan no externalizar siempre o enteramente la crianza.
Para luchar contra la cultura de la separación, contra la cultura de ambigüedad acerca de la lactancia materna, contra la cultura de hostilidad a la crianza, es preciso revalorizar el estatus individual, familiar y social de la madre lactante que es a la par mamífera y racional.

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2 comentarios:

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  2. La lactancia natural es beneficiosa para el bebé, la madre, la familia y la sociedad. ¿por qué? ... más en http://goo.gl/TzD8KS
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